jueves, 10 de diciembre de 2009

DIASAPASON

DIASAPASON

PRELUDIO

Un aullido sordo procedente de las alarmas de un bombardeo próximo, hizo a una mujer israelí y su hijo acudir al refugio designado por las autoridades, pedía a su dios porque ahí, su esposo se reuniera con ellos como en otras ocasiones. Ya estando a salvo, solo le restaba esperar.
En tanto, en un barrio libanés, donde se alzaban complejos de edificios habitacionales, un crujido de concreto derrumbándose provocaba el colapso de un departamento, y dentro de este, un niño y sus abuelos quedaron sepultados.
Y lejos de ahí, a muchos kilómetros, en lo mas alto del monte sinai, en un promontorio rocoso, un artefacto de miles de años de antigüedad, echaba a andar una vez mas, su mecanismo. No había nada en la tecnología del hombre del siglo XXI que detectara los campos sutiles que emanaban de su interior. Ni tampoco podía ser visto en caso de que alguien estuviera cerca de el, ni tocado, ni despedía olores, simple y sencillamente se encontraba y no se encontraba. Al actuar, sus campos tomaban la forma de un cilindro de veinte kilómetros de altura que se agrandaba equidistante y perpendicular al suelo, a miles de kilómetros de su punto de origen. Avanzaban atravesando las cadenas montañosas, valles, ríos, ciudades, uno detrás del otro. Para un observador situado arriba del origen, los miraría similar a cuando se arroja una piedra a un estanque tranquilo.
El promedio de las personas, no experimentaba ninguna reacción visible al paso de los campos sutiles, otro tanto manifestaban cierto malestar que atribuían al estrés y la contaminación ambiental, y unas pocas, veían o sentían con pánico que algo muy raro estaba pasando, pues al paso de estos, si no estaban preparadas o no tenían conocimiento de ello, percibían como si la realidad se distorsionaba por instantes, y como resonaba en sus oídos el zumbido tan apabullante del paso de las emisiones, después de cierto numero de experiencias, había varios posibles finales: el suicido a soportar de nuevo la experiencia, la sumisión a la locura, entregarse a toda clase de teorías y corrientes que les explicasen el porque. O... entender que algo estaba pasando allá afuera, y buscar la respuesta dejando a un lado toda idea preconcebida.
La necesidad de enmascar el transporte de armas a través de las ciudades libanesas, había llevado a las personas que las transportaban a ingeniar métodos que les permitían confundirse entre la multitud citadina, y a la inteligencia militar israelí a posicionar satélites de orbita muy baja para observar sus desplazamientos. Las cámaras de alta resolución acoplados a detectores por emisión de rayos gama permitían detectar con cierta precisión, los grupos que por su ubicación, pudieran causar daño en terreno israelí. Sin embargo existía un desfase entre la información recibida y todo el protocolo de guerra que se tenía que seguir para accionar los tanques, o mandar un comando al lugar.
-Ala es grande y Mahoma su profeta, -musitaba-, quien preparaba el lanza cohetes, y otro con movimientos torpes, por los callos en sus manos, manipulaba el teclado de la computadora señalando los datos necesarios para dispararlo.
-Muerte a los infieles –contesto otro-.
Un instante después se alzaba al cielo, siguiendo las instrucciones almacenadas en su memoria, minutos más tarde caía sobre una acera de una ciudad israelí, fragmentándose, y volando pedazos de metal y concreto hacia todos lados, un desafortunado hombre cayó con el pecho ensangrentado.
Por el otro bando, un grupo de tanques tenía las coordenadas de donde surgió el cohete y enfocaron sus cañones a ese lugar. Adiestrados en el uso de la tecnología digital, fueron mucho más rápidos para ordenarles a las computadoras.
-Fuego, -ordeno un comandante-, y entre dientes: esta tierra nos fue dada por heredad.
Las ojivas ejecutaron fielmente las órdenes, ascendieron llegando a su punto más alto, para después bajar describiendo una trayectoria parabólica, entregando su mensaje de muerte en los conjuntos habitacionales del barrio libanés.
Unos minutos del accionamiento del mecanismo fueron suficientes, los dispositivos exteriores se retrajeron sobre el artefacto. El atarceder caía sobre el monte sinai, iluminándolo de tonos amarillos, rojos, al igual que miles de años atrás. A los pies de la montaña, aun había en un monasterio religioso, sacerdotes que se entregaban a sus rezos rutinarios, para ello solo había sido un día mas.
Para los diasapasones humanos, en cambio, ese día, como a muchos otros, similares a ellos, cambio el rumbo de sus vidas para siempre.

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