martes, 1 de diciembre de 2009

La ultima copla del marakame cantante parte 1 de 6

Todo el hambre, el cansancio, los dolores de cuerpo, las ampollas en sus manos y pies, en veces la desesperanza y las ganas de volver, todo, todo había valido la pena, ante tan hermosa visión que se extendía frente a el.
Trémulo de la emoción, tuvo que abrazarse a un árbol para después, caer de rodillas y besar la tierra, con toda la gratitud que le fue posible expresar. Sus lágrimas bañaban la hojarasca, fundiéndose a ella.
- Diosa y madre mía, -en un canto ahogado en veces por el llanto, decía- mi vida y mi ser te honran ya que le has permitido viajar siguiendo tus designios para completar lo que me fue encomendado.
Porque sus ojos que jamás habían contemplado el mar; le permitían ver ahora, extendiéndose infinito el océano, a su derecha e izquierda, desde un punto de la montaña que los venidos de un lugar que llamaban castilla, habían puesto por nombre el Cerro del San Juan. Calculo, su orilla iniciaba a no más de cuatro puestas de sol.
La Diosa había escuchado sus cantos, y si había logrado sortear tantas dificultades, pensó convencido: “Esta en sus deseos que llegue a la orilla, a buscar la piedra blanca que en mis sus sueños me muestra”. Y entonando una vez más, las coplas que le habían transmitido, inicio a bajar la cuesta.

Hacia ya muchas lunas, su madre le acariciaba el cabello, le explicaba que el tenia tres edades: una en la que se le permitía reír, correr, jugar, esconderse con mas niños de su edad, sin mas obligación que divertirse y crecer hasta la segunda edad en la que debía aprender el arte de obedecer y de observar, porque los Tecual venían al mundo a servir y en su caso a distinguir que leña cortar, que agua traer, que plantas podía comer, y en todos aquellos menesteres que su naturaleza como hombre al servicio de las razas fuertes de la zona debía servir.
Con amor, pasaba sus manos sobre su rostro, al tiempo que en el tono mas dulce le decía al oído: “Empéñate en tu trabajo, se solicito, se amable, que los Dioses te pueden premiar en tu tercera edad, con un señor que no te golpee, o te grite”. Más cuando el preguntaba sobre su padre, ella guardaba silencio.
-Cuando estés en la tercera edad y viva aún, te lo contare, -le contestaba- ahogando un sollozo velado. Con el tiempo no volvió a preguntar. En las conversaciones que indirectamente escuchaba a los ancianos, oía de un tiempo terrible de cuando fueron despojados de sus tierras por los hombres de piel sin color y ojos sin sentimientos, que ahora eran sus dueños.
El ya no guardaba esos recuerdos, puesto que fue de brazos de tan terribles sucesos. Entre esos hombres se distinguían quienes vestían con ropas de una sola costura y color de la tierra con un crucifijo al pecho que llamaban monjes franciscanos. Gracias a que su madre se encontraba al servicio de uno de ellos, evito su muerte y la del pequeño. Pero el misionero no estaba fijo a un sitio y le encomendaron encaminar su fe y mensaje a las montañas, de donde se decía prácticas idolatras demandaban predicar la palabra verdadera. Acomodaron sus pocas pertenencias y junto con un grupo de personas atravesaron el conjunto de montañas que separaba el hogar que lo vio nacer de la Mesa del Nayar. El contraste de calor y frío, de humedad y mosquitos agotaron la poca salud de su progenitora y sin saber que hacer, un día después de dormir, no despertó jamás. Lo tuvieron que quitar a rastras de su cuerpo, e impotente, mirar como la enterraban, como regresaba a la tierra, desconsolado comprendió que se había quedado solo, primero su papa, sin hermanos, sus parientes dispersos, y ahora, de quien recordaba las suaves caricias por su rostro; iba quedando cubierta de tierra. Mientras luchaba por ahogar el llanto, porque los hombres le enseñaban no debían llorar. Hablo el hombre al cual todos obedecían, y que la más de las veces portaba ese traje que relucía al sol y evitaba que las flechas o lanzas lo penetraran, ordeno como lo hacia en esas ocasiones, que el monje hiciera lo mínimo necesario y reanudara la marcha.

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