martes, 1 de diciembre de 2009

La ultima copla del marakame cantante parte 2 de 6

Extrañas enfermedades a raíz de la llegada de los hombres blancos surgieron entre sus congeneres, las medicinas de los curanderos sacerdotes se mostraban impotentes ante las llagas que surgían de la piel, la tos que no cesaba, la sangre que no dejaba de salir en sus heces, en su orina. Día a día, notaba como su raza, los Tecual se iban reduciendo, pero el, a el no le pasaba nada. Notando esto el monje, lo enviaba a estar cerca de ellos, de los enfermos para suministrarles lo que piadosamente en sus manos podía ofrecerles. Al principio con temor, mas después por convicción suministraba las infusiones, aplicaba los lienzos húmedos en sus frentes, quitaba la suciedad. En ese lugar que denominaban fuerte, no solo estaban los Tecual, sino prisioneros de las otras tribus fuertes, enfermos y maltrechos, pero útiles para fines que no confesaban públicamente los llegados de un lugar llamado Castilla.
Por tanto, por orden de su comandante, debían prolongarles la vida hasta donde fuera posible. Particularmente tenían una obsesión por los cantantes. De vez en vez, a los capturados, los trasladaban a un cuarto en la misión y reunidos el monje y soldados se encerraban con ellos por largos ratos. De vez en vez escuchaba lamentos, en otras maldiciones. De lo que ocurriera dentro de las cuatro paredes no podía dar fe, de lo que si tenía certeza es, que debía preparar infusiones, lienzos húmedos y tela limpia para cuando los sacaran.
Los cantantes constituían una raza aparte dentro de los grupos tribales, usualmente nacían dentro de los wirika, o los xcoras y por ultimo en alguna de las tribus restantes, se distinguían porque viajaban en solitario, a lo largo y ancho de las montañas, la costa y las planicies dentro de los cuatro puntos cardinales conocidos, entonando melodías. Sus cantares relataban, de cuando los Dioses soñaron el mundo y lo crearon, de cómo se dividieron las tareas para cuidar y velar por el fuego, el agua, la tierra, el aire. Crearon fama de saber hablar con las serpientes, los coyotes, las aves. De cruzar por veredas, ahí, donde los demás no veían nada. Eran respetados, mas no temidos, su llegada a cualquier pueblo era motivo de alegría, porque al llegar la tarde en ese claroscuro de luz, y rodeando una fogata; los hombres, mujeres y niños escuchaban a través de canciones, las historias del mundo de los dioses, de los animales, y de lo que pasaba en otras tribus.
El pensaba, que los piel sin color y ojos sin sentimientos, querían obtener esas canciones. Pero de todos era conocido, que los dioses elegían al cantante, así como el tiempo y la manera de entonar, de como respirar, y que debían cantar. Por tanto, otra manera de arrancar sus secretos era insensata. Y, recapacitaba: “ah, es para abrir veredas”, pero luego recordaba, -“pero si ellos también utilizan las estrellas y el sol para guiarse por los cerros”-, así pues seguía sin comprender esa obsesión por llevarlos y encerrarlos en aquel cuarto.
Su vida transcurría en un ritmo de tiempo monótono, diariamente hacia sus tareas con diligencia y prontitud, cada ordenamiento, cada encomienda. El monje le había tomado aprecio por sus virtudes, pero no por ello dejaba de ser estricto y en más de una ocasión en aras de perfeccionar sus hábitos, había sentido su vara de fresno en la espalda. Pero el ya no sentía el dolor, no sentía que de sus ojos quisieran salir lagrimas, no sentía ya nada cuando veía morir a sus hermanos de tierra a manos de los españoles, ni por la enfermedad, ni por el hambre. Solo estaba. Los Tecual que le habían acompañado sucumbieron igual. Se había resignado a esperar su hora para reunirse con su madre y padre en la tierra donde crece el maíz a cualquier tiempo, y el venado se te acerca sin miedo y puedes acariciar al coyote sin temor. Porque podría repetir una y mil veces la historia de ese dios colocado en ese madero, de sus promesas de entrar a un paraíso, pero el prefería su paraíso que le escucho a un cantante, donde los dioses son uno con el y el uno con ellos.
Ocurrió entonces, -no lo capturaron como a los otros -, simplemente los espero en una colina, mirando hacia el infinito, de pie con todo el orgullo de su raza de bronce, imponente. Un hombre del cual circulaban muchas historias, el único sacerdote-cantante conocido. En silencio entendieron que no era preciso amarrarle las manos y escoltado llego al fuerte, porque de todos era conocido la ansiedad de los venidos de castilla que todo deseaban a la brevedad, en especial, a las lagrimas de sol, por las cuales, sus ojos sin sentimientos se transformaban con un brillo que antecedía la más de las veces a la muerte.
Antes de entrar, sus ojos se cruzaron por un instante, antes de entrar al temido cuarto, algo en su mirada le despertó sensaciones enterradas, sintió al padre que nunca conoció, al hermano de raza, al amigo que no tenía. Desconcertado, quedo inmóvil, pero la palmada en la espalda del franciscano le hizo recordar que tenía cosas que hacer.

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