martes, 1 de diciembre de 2009

La ultima copla del marakame cantante parte 3 de 6

Una vez más esperaba escuchar los lamentos, las maldiciones; pero esta vez, solo escuchaba lo último, empezaron cuando el sol estaba cerca de lo alto, y salieron cuando este va en filo a esconderse en el horizonte. Arrastrando lo sacaron, sangrando profusamente de su nariz y boca, con un ojo hinchado. Sabia la rutina, si se lo entregaban, había que limpiarlo, curarle las heridas, cambiarlo de ropa, y darle las infusiones. Pero esta vez, pasaron de largo, sorprendido no estaba. Pero cuando el franciscano lo tomo del antebrazo y lo llevo con el, lo invadió una mezcla de miedo y sorpresa que se transformo en terror cuando lo subieron a un caballo. El jinete le grito: “agarrate de mi, no sea que te caigas y te rompas la cabeza antes de tiempo, pero no tan fuerte idiota que no me dejas respirar”-. Todo estaba pasando tan rápido que solo atino a entender que estaban enfilando a un cerro rumbo a un promontorio rocoso que sobresalía del paredón. Lo que parecía pequeño, en realidad era pared muy alta, conforme iban subiendo, su respiración se transformo en un resuello escandaloso. Tanto que el soldado al cual iba agarrado se burlo de el. El francisco, desde su mula, explico -casi a gritos por el ruido de los cascos-, que nunca había andado por estas veredas; añadió: “este indio es muy obediente, acata las reglas de no andar más allá de lo limites que le impuesto y aparte, trabaja con diligencia y prontitud”. El dialogo fue interrumpido por la señal de alto del capitán. Todos desmontaron a excepción del sacerdote cantante, -que hasta ese momento, se dio cuenta-, lo habían colocado como un saco de mercancías en uno de los caballos. Su primera intención fue ayudarlo, pero fue interrumpido por otros dos soldados que en esa misma rapidez lo llevaron hasta una piedra circular justo en el borde del paredón. Nuevamente sintió la opresión de las tenazas del sacerdote que junto con los soldados se colocaron en una formación de media luna frente a la piedra y en el centro, ahí arrojado con brusquedad, el sacerdote adopto una posición de plegaria, beso la roca con amor y pronuncio un susurro que no entendieron los presentes.
El franciscano, aun prendido al brazo del muchacho; se acerco, a la vez que con un tono amoroso le decía: “Hijo mío, solo contesta lo que te preguntan, solo eso, mira ve en tu hermanito menor un ejemplo de obediencia, anda, que el cielo premiara tu virtud al bautizarte como lo mandan los mandamientos del Señor”.
-Tu señor no es mi señor-, contesto, y lo que recibió como respuesta por parte del capitán, fue una patada en su rostro que lo coloco de cara al horizonte.
-Si de aquí al alba no obtengo lo pido, -sentencio-, lo aventare por ese paredón, dígale eso Padre.
Entonces comprendió, el sacedorte servia como interprete a la vez que hacia su campaña evangelizadora. Hasta ese momento lo soltó y con un movimiento lo hizo postrarse junto al sacerdote cantante, arrojándole una bufa de agua.
-Ve que puedes hacer por el, acompáñalo esta noche, -le indico- para ir a reunirse con el capitán que estaba dando indicaciones a los soldados.

Estaba por iniciar la puesta de sol, cuando lo acomodo en su regazo, retiro los coágulos de sangre, y le dio a beber unos sorbos. El hombre lo detuvo, a una señal de su mano, volteo a mirar el espectáculo de colores. Los rayos pegando en las nubes dispersas provocando el mosaico de tonos naranjas, rojizos y púrpuras. Admiro la belleza del Sol al perfilar su contorno con las montañas al fundirse a ellas. El momento fue interrumpido por el franciscano que le llevaba cecina y queso seco. Le pidió separarse y a unos pasos de distancia, susurrándole al oído:
-Pon atención a todo lo que diga, que los hombres en su delirio de enfermedad revelan muchas verdades, -haciendo énfasis-, te va la vida en ello muchacho. –Continuo- presta mucha atención, nos vamos a retirar, volvemos mañana, te advierto todo este lugar por la noche se cubre con serpientes, escorpiones y ve a saber que más, hasta tus hermanos lo evitan, , yo te puedo dar testimonio que indio que ha huido hacia estos rumbos, lo hemos encontrado muerto e hinchado de piquetes y mordidas. Dicen que el hombre que yace postrado es capaz de estar aquí; eso lo vamos a ver, y pues estará en dios que tú mañana amanezcas con el, lo siento muchacho, son órdenes del capitán, yo solo te puedo dejar esta manta. Deja bendecirte.
Acto seguido, partieron a galope. La velocidad con la que se desarrollaron los eventos lo dejo inmóvil por un largo rato. Su turbación se vio interrumpida por una risa acompañada de tos.
-No trates de entenderlos muchacho, no tienen hilo, ven anda, ayúdame que mi sangre ha regado la piedra y eso no es bueno.
Solícitamente como siempre, siguió sus instrucciones del acomodo de pequeñas piedras dispuestas en montoncitos en sitios dentro de la gran piedra circular. Luego, le ayudo a incorporase para ver como trazaba signos invisibles, y escuchar susurrar cantos que no alcanzo a distinguir. Para luego sentarse delante del montón que daba hacia donde se ocultaba el sol, con las piernas cruzadas y completamente erguido en su espalda, no atinaba a comprender como una persona que había sufrido tal castigo una horas antes, tenía esa porte y vitalidad. Con un ademán suave le invito a hacer lo mismo, pero quedando frente a el.

No hay comentarios:

Publicar un comentario