-Apura, que la luna llena dentro de poco estará en la parte más alta de su recorrido por el cielo. Te preguntaras porque a ti, porque ahora; conocí a tu padre, un gran hermano, lo mire partir a los cielos de Aramara, como tu me veras partir ahora a mi y le hice la promesa de hablar contigo, siento que sea en estas circunstancias, debes tener en cuenta que no todo lo conocemos, ningún hombre en la tierra tiene esa virtud, y tengo el presentimiento que ni lo dioses lo conocen todo. –Un tinte de queja se advertía en sus palabras-. Lo que si se, es que se nos dan caminos por recorrer y decisiones por tomar. Sabia desde hace mucho de la llegada de estos hombres sin color en su piel, sin sentimientos en su corazón, mucho antes de que ellos llegaran, venidos de lo profundo, de las tierras que vieron nacer al hombre que traen colgado a lo que ellos llaman cruz, pero ese hombre hace mucho que la dejo para no volver a estar en ella. Traía un mensaje que olvidaron en su sustancia. Olvidaron los cantos, ya no se sientan alrededor de fogatas y las que hacen son para quemar a sus iguales. Aman las lágrimas de sol como nosotros amamos los susurros de los pinos al hablar con el viento. Alguien les invento que muchas de ellas; propiedad de los que pasaron por aquí buscando un águila devorando una serpiente en un lago, están escondidas en estas montañas. Pero no se van a detener aun si lo encuentran porque ya están arropados por la dureza de la piedra a la que arrebatan trozos sometiéndolos al fuego, para sacar esas hojas que con tanta facilidad desbaratan los huesos y carnes de nuestros hermanos. No conocen la palabra suficiente. Ha empezado otra época. Lo poco que me queda por hacer es cantarte a ti. No porque los dioses me lo hayan ordenado, porque me hubiera sido fácil aterrorizar y dar muerte con mis artes a estos hombres que hace horas me golpearon. Sino porque cuando te mire en el vientre de tu madre, me di cuenta que la luna te había cantado. Y hoy, cuando la Reina y Señora de los cielos nocturnos se muestra en todo su esplendor le rindo mi último tributo con los cantos de quienes me precedieron y te revelo el secreto de los cantantes.
Una voz potente y afinada irrumpió los sonidos de la noche, desenterrando recuerdos de ancianos que le contaban del calor tibio en el corazón que despertaba cuando les visitaba, uniéndolos en un solo sentimiento. Se olvido de todo dolor, de su condición de esclavo, de la opresión de las llamas del infierno si se portaba mal. Escuchaba embelesado de la repartición de bienes y dones para vivir en armonía en esa tierra dotada de lo divino en sus montañas, sus ríos, y el mar que nunca había visto. Escucho de las tierras más allá de los sueños, donde moran quienes no abren sus ojos más en esta vida, y de aquellas más lejanas de donde proceden los dioses. A las palabras siguieron imágenes en su cerebro, de cerros, cañadas, arroyos, de aves, venados, coyotes, miro a su madre extenderle los brazos; Extendió los suyos, pero los brazos de ella se convirtieron en las ramas extendidas de pinos gigantescos, y después… siguió la nada de la inconsciencia.
Una sensación punzante en sus costillas lo hizo abrir los ojos. Antes de abrirlos completamente ya estaba siendo jalado con violencia hacia arriba.
-Indio imbecil, no que muy diligente, lo dejaste desangrarse, -le gritaba el mismo soldado que lo había traído un día antes-, ninguno de ustedes sirve para gran cosa, son unas bestias, peores que animales.
Al tiempo que lo sujetaba de los cabellos y lo hacia mirar la piedra. No podía creer lo que miraba, el cuerpo extendido del sacerdote cantante, su cabeza en la dirección que nace el sol con hilillos de sangre brotando por sus oídos, nariz y boca, coloreando las figuras trazadas en piedra, reconoció la mazorca, las serpientes, y un animal que nunca había visto, pero pareció a una araña, solo que con tenazas. Luego miro el cielo para quedar viendo el abismo del paredón.
-No lo avientes, no por ahora –lo detuvo el capitán-, tráelo y que me diga lo poco o mucho que alcanzo a escuchar.
Con igual brutalidad fue obligado a hincarse, por un momento pensó que no tenía nada que decir, sin embargo, de sus labios surgió una historia de la danza del sol con la luna, y de sus acompañantes, los luceros refulgentes que se colocan en fila para verlos pasar. Conforme iba relatando, los ojos del que comandaba los soldados se habían transformado en dos brasas brillantes.
-Maldita sea, - rugió -, estoy cansado, pero que se traen con las danzas, el sol y no se que tanto, es que no se saben otra tonada. He venido al infierno, pero no me voy de el, sino es con lo que me trajo aquí.
Con velocidad inaudita, tomo el brazo y pierna del marakame cantante y lo arrojo por el abismo.
-Anda, quiero ver si es cierto que podías volar, -le grito-, pero lo único que vieron fue un cuerpo inerte chocando contra las rocas.
Hasta ese rato de rodillas, tuvo fuerzas para gritar, al tiempo que se soltaba del soldado para dirigirse al filo del promontorio, con una primera intención de lanzarse pero la sensación de la altura lo detuvo.
-¿Que esperas?, síguelo, no espera, yo te ayudo, - esbozando una sonrisa siniestra- , dirigiéndose presto a cumplir su homicida intención.
-Capitán, -lo detuvo el sacerdote, que hasta se momento se había mantenido al margen-, le recuerdo que esta historia siempre se mantuvo en alto secreto. Esto demuestra que este muchacho no miente en lo que cuenta. Además informare a sus superiores de la energía que ha demostrado para esta tarea, pero temo, no quedan más cantantes que yo sepa. Si lo que busca existe, estará en otras latitudes. A propósito, un misionero destinado a las californias me ha informado de que corren historias de una ciudad enteramente construida de oro, llamada Cibola. ¿Será acaso la que están buscando?
-Cuénteme más en el fuerte, que por venir temprano no probado bocado. Ah, y que ese indio se vaya a pie, -volteando a ver al misionero-, no exaspere mi paciencia padre. Bastante clemencia he demostrado hoy. ¡Soldados, monten, que ya quiero morder un buen asado!
- Apúrate muchacho –arrojándole unos pedazos de pan-, a buen paso estas en la tarde –Al tiempo que montaba a su mula-. Dios te bendiga.
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